18 mayo 2017

Dar razón de nuestra esperanza

1.- Llamados a anunciar el evangelio a todos. Felipe, ya nombrado diácono-servidor de la comunidad, va a predicar a Samaria. Anuncia a los samaritanos que Jesús es el Mesías que ellos también esperaban. Su palabra va acompañada de la acción, la misma acción de Jesús: saca los espíritus malignos y da la salud a los inválidos. El resultado de la predicaci6n de Felipe es la alegría, tema típico de Lucas. Es la alegría propia de los últimos tiempos, del momento en que Dios interviene decisivamente en la historia humana. Ante el resultado de la predicación de Felipe, los apóstoles envían a unos representantes a confirmar en la fe a aquellos que han hecho caso de Felipe y han sido bautizados en el nombre de Jesús. En este caso, la imposición de manos comporta recibir el don del Espíritu. Las manos, junto con la palabra, son uno de los medios más expresivos del lenguaje del hombre. El gesto de poner las manos sobre la cabeza significa transmitirle a otro algo que pertenece o está relacionado con la propia personalidad del que lo impone. Es el gesto de quien desea introducir algo en la totalidad de la persona de otro. En este texto se trata del Espíritu de Jesús, verdadera fuerza por la que Dios actúa en la historia humana. El sacramento de la confirmación hoy compromete al que lo recibe a mantener a Cristo vivo y operante en nuestro mundo. 

2.- Dar razón de nuestra esperanza. El Salmo 65 es una invitación a contemplar las maravillas de Dios, a admirarse por ellas y dar gracias. Recuerda la maravilla fundamental del éxodo, pero recuerda sobre todo que Dios continúa actuando sin negar nunca su amor a quien se dirige a Él. Pedro en su carta nos exhorta a estar siempre dispuestos para dar razón de nuestra esperanza a cuantos pregunten por ella. Estamos en deuda con todos y a todos debemos una respuesta. Pues somos responsables de la esperanza del mundo y sus testigos, sus mártires. Pero ¿qué debemos entender por “dar razón de nuestra esperanza”? Desde luego, no es lo mismo que dar razones para que los otros esperen lo que nosotros mismos no esperamos. Dar razón de la esperanza es mostrar que esperamos con paciencia en situaciones desesperadas y en la misma muerte. El que quiera dar razón de la esperanza, lo ha de hacer siempre con mansedumbre, pues la agresividad no puede ser nunca señal de la esperanza, sino del miedo. Se ha de hacer con respeto, con todo el respeto que merecen los que preguntan y, sobre todo, con el respeto que debemos al Evangelio. Esto nos obliga a decirlo todo y a practicarlo todo, sin mutilar el evangelio, ni avergonzarse de él.
3.- Jesús no nos deja solos. Antes incluso de su muerte, Jesús anuncia que deben estar preparados para recibir de El su presencia y su ayuda de otra manera. El mensaje de Jesús en este tiempo pascual es claro: “Vosotros -les dice- viviréis, porque yo sigo viviendo”. ¿Qué significa esto? Que la muerte de Jesús es la entrega de su vida y el que da la vida la gana para él y para los que le aman, que Jesús en su muerte da la vida por sus discípulos y a sus discípulos. La hora de su despedida es la hora de su entrega: en adelante, privados de la presencia física del maestro, los discípulos reciben la herencia del Espíritu Santo y el regalo inapreciable de la nueva presencia de Jesús resucitado. Según el evangelista Juan, Dios pide al hombre dos actitudes fundamentales: fe y amor. Esta respuesta del hombre al Evangelio comprende ya la plenitud de la nueva ley. Una fe vivida en el amor y un amor operante por la obediencia buscada a la Palabra del Señor constituyen aquella comunión de vida con Jesús que se presupone para que se cumplan las promesas que él hace a sus discípulos. Numerosos santos han subrayado en sus escritos este aspecto: “Ama y haz lo que quieras”, nos dice San Agustín. Jesús no nos deja solo en la tarea de anuncia la Buena Noticia de su amor. Nos envía el Espíritu Santo para fortalecernos. La palabra “paráclito” es un término jurídico para designar al abogado defensor. Con su ayuda es posible vivir desde el amor y mantener nuestra esperanza.
José María Martín OSA