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17 mayo 2017

VI Domingo de Pascua: Homilías

1.- DAR RAZÓN DE NUESTRA ESPERANZA

Por José María Martín OSA

1.- Llamados a anunciar el evangelio a todos. Felipe, ya nombrado diácono-servidor de la comunidad, va a predicar a Samaria. Anuncia a los samaritanos que Jesús es el Mesías que ellos también esperaban. Su palabra va acompañada de la acción, la misma acción de Jesús: saca los espíritus malignos y da la salud a los inválidos. El resultado de la predicaci6n de Felipe es la alegría, tema típico de Lucas. Es la alegría propia de los últimos tiempos, del momento en que Dios interviene decisivamente en la historia humana. Ante el resultado de la predicación de Felipe, los apóstoles envían a unos representantes a confirmar en la fe a aquellos que han hecho caso de Felipe y han sido bautizados en el nombre de Jesús. En este caso, la imposición de manos comporta recibir el don del Espíritu. Las manos, junto con la palabra, son uno de los medios más expresivos del lenguaje del hombre. El gesto de poner las manos sobre la cabeza significa transmitirle a otro algo que pertenece o está relacionado con la propia personalidad del que lo impone. Es el gesto de quien desea introducir algo en la totalidad de la persona de otro. En este texto se trata del Espíritu de Jesús, verdadera fuerza por la que Dios actúa en la historia humana. El sacramento de la confirmación hoy compromete al que lo recibe a mantener a Cristo vivo y operante en nuestro mundo.


2.- Dar razón de nuestra esperanza. El Salmo 65 es una invitación a contemplar las maravillas de Dios, a admirarse por ellas y dar gracias. Recuerda la maravilla fundamental del éxodo, pero recuerda sobre todo que Dios continúa actuando sin negar nunca su amor a quien se dirige a Él. Pedro en su carta nos exhorta a estar siempre dispuestos para dar razón de nuestra esperanza a cuantos pregunten por ella. Estamos en deuda con todos y a todos debemos una respuesta. Pues somos responsables de la esperanza del mundo y sus testigos, sus mártires. Pero ¿qué debemos entender por "dar razón de nuestra esperanza"? Desde luego, no es lo mismo que dar razones para que los otros esperen lo que nosotros mismos no esperamos. Dar razón de la esperanza es mostrar que esperamos con paciencia en situaciones desesperadas y en la misma muerte. El que quiera dar razón de la esperanza, lo ha de hacer siempre con mansedumbre, pues la agresividad no puede ser nunca señal de la esperanza, sino del miedo. Se ha de hacer con respeto, con todo el respeto que merecen los que preguntan y, sobre todo, con el respeto que debemos al Evangelio. Esto nos obliga a decirlo todo y a practicarlo todo, sin mutilar el evangelio, ni avergonzarse de él.

3.- Jesús no nos deja solos. Antes incluso de su muerte, Jesús anuncia que deben estar preparados para recibir de El su presencia y su ayuda de otra manera. El mensaje de Jesús en este tiempo pascual es claro: "Vosotros -les dice- viviréis, porque yo sigo viviendo". ¿Qué significa esto? Que la muerte de Jesús es la entrega de su vida y el que da la vida la gana para él y para los que le aman, que Jesús en su muerte da la vida por sus discípulos y a sus discípulos. La hora de su despedida es la hora de su entrega: en adelante, privados de la presencia física del maestro, los discípulos reciben la herencia del Espíritu Santo y el regalo inapreciable de la nueva presencia de Jesús resucitado. Según el evangelista Juan, Dios pide al hombre dos actitudes fundamentales: fe y amor. Esta respuesta del hombre al Evangelio comprende ya la plenitud de la nueva ley. Una fe vivida en el amor y un amor operante por la obediencia buscada a la Palabra del Señor constituyen aquella comunión de vida con Jesús que se presupone para que se cumplan las promesas que él hace a sus discípulos. Numerosos santos han subrayado en sus escritos este aspecto: "Ama y haz lo que quieras", nos dice San Agustín. Jesús no nos deja solo en la tarea de anuncia la Buena Noticia de su amor. Nos envía el Espíritu Santo para fortalecernos. La palabra "paráclito" es un término jurídico para designar al abogado defensor. Con su ayuda es posible vivir desde el amor y mantener nuestra esperanza.

2.- EL QUE AMA A CRISTO VIVE SEGÚN EL ESPÍRITU DE CRISTO, EL ESPÍRITU DE LA VERDAD

Por Gabriel González del Estal

1.- Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la Verdad. Los cristianos debemos tener siempre en cuenta que para nosotros Cristo es el camino, la verdad y la vida. Sólo a través de Cristo podemos llegar al Padre, sólo en Cristo encontraremos la Verdad y sólo en Cristo tendremos verdadera vida. En nuestra vida ordinaria, en nuestra vida de cada día, como ciudadanos que somos tenemos que convivir con múltiples verdades, que sólo son verdades a medias, verdades relativas, pero que no son en ningún caso la verdad absoluta. El mundo en el que vivimos no tiene la Verdad; sólo tiene verdades a medias, medias verdades que son medias mentiras. La única verdad absoluta es Cristo. Lo mismo podemos decir del camino y de la vida: Cristo es para nosotros el único camino recto para llegar a Padre, la única vida verdadera. Pretender amar a Cristo y no vivir según el espíritu de Cristo es una contradicción. Porque amar a Cristo es comulgar con Cristo, vivir en continua comunión espiritual con él, guardar sus mandamientos. Quien dice que ama a Cristo y no guarda sus mandamientos es un mentiroso. Y no olvidemos que el amor a Cristo sólo es completo si incluye el amor al prójimo. Debemos amar al prójimo como Cristo nos amó a nosotros, con amor gratuito, generoso, pensando siempre en dar, más que en recibir. Siempre encontraremos en nuestro entorno personas de, de alguna manera, nos necesitan. Debemos saber descubrirlas y saber amarlas, tratando de ayudarles de la mejor manera que sepamos y podamos. Esto es vivir en el espíritu de la Verdad, en el Espíritu de Cristo. El amor cristiano siempre es amor a Dios y amor al prójimo. Al que ama a Dios de esta manera, nos dice Cristo que “mi Padre le amará, y yo también le amaré y me revelaré a él”.

2.- En aquellos días, Felipe bajó a la ciudad de Samaría y predicaba allí a Cristo. El gentío escuchaba con aprobación lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía y los estaban viendo. El gentío creía en el diácono Felipe, porque veía lo que hacía y escuchaba lo que decían de él. Y es que se cumplía el dicho: las palabras mueven, los ejemplos arrastran. El diácono Felipe hablaba y actuaba lleno del Espíritu Santo, del espíritu de la Verdad, predicaba la resurrección de Jesús y hacía prodigios en su nombre. El comportamiento del diácono Felipe debe servirnos a nosotros de ejemplo y meditación: no se trata sólo de hablar, sino de hablar y actuar en el nombre del Señor Jesús. Jesús es nuestro único modelo completo de comportamiento, es nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida. En el tema espiritual y de acción y predicación cristiana no tenemos que inventar cosas nuevas, sino hablar y actuar en nombre del que es nuestro modelo. Así hablaron y actuaron los apóstoles y discípulos del Maestro, los santos y grandes predicadores cristianos de todos los tiempos. Hagamos nosotros lo mismo, aunque en cada época tengamos que variar los métodos y usos propios del tiempo en el que nosotros hablamos y actuamos.

3.- Estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere, pero con mansedumbre y en buena conciencia. La esperanza cristiana es nuestra esperanza fundamental, la que debe animar y dar sentido a todas nuestras otras esperanzas. Vivimos en un mundo en el que las esperanzas que predican los medios de comunicación son casi siempre esperanzas políticas, o económicas, o deportivas. En esta situación, los cristianos de hoy, cuando predicamos nuestra esperanza cristiana debemos hacerlo con mansedumbre y en buena conciencia. No se trata de avasallar, o despreciar las esperanzas mundanas de cada día, sino de saber establecer un orden de esperanzas. Lo primero es lo primero, y lo primera para los cristianos es la esperanza cristiana; esta esperanza es la que debe apoyar y fundamentar todas nuestras otras esperanzas. Debemos predicar nuestra esperanza cristiana con valentía y decisión, nunca con orgullo o prepotencia, siempre son mansedumbre, sencillez y buena conciencia. Esto es lo que les decía san Pedro a aquellos primeros cristianos, que vivían ciertamente en un mundo hostil y difícil para ellos: que no se desanimaran, que mantuvieran firme su esperanza y que a todo el que se la pidiere le propusieran su esperanza cristiana con mansedumbre, pero sin titubeos, y que si tenían que sufrir por ello lo hicieran pensando en Jesucristo. Porque, decía san Pedro, “es mejor padecer haciendo el bien, si tal es la voluntad de Dios, que padecer haciendo el mal”. El mundo en el que nosotros vivimos no es más difícil para los cristianos de hoy que el mundo en el que vivía san Pedro y los primeros cristianos de su época. Si también nosotros tenemos que sufrir por hacer el bien, hagámoslo en nombre de nuestro Señor Jesús, como hicieron los primeros cristianos.

3.- JESÚS ESTÁ PRESENTE EN MEDIO DE NOSOTROS

Por Antonio García-Moreno

1.- NUEVAS FRONTERAS.- Las fronteras estrechas del judaísmo se van rompiendo. El círculo iniciado por Cristo se va ensanchando de modo paulatino, pero inexorable. Ahora son los samaritanos quienes reciben el mensaje de Jesús de Nazaret, la Buena Nueva, el Evangelio del amor y de la alegría. Aquello era inaudito para los judíos que jamás pudieron imaginar que los samaritanos recibieran la palabra salvadora del Mesías y mucho menos que habrían de responder con aquella generosidad, con aquella profunda fe en Cristo.

La ciudad se llenó de alegría, nos dice el texto sagrado. Era lógico llenarse de gozo al saber que Dios había bajado a la tierra para salvar a los hombres, y que los había salvado con su muerte y resurrección. Júbilo de saber que también ellos, tan despreciados por los judíos, tendrían parte en el Reino de los cielos. Y es que Dios no tiene acepción de personas, no escoge a unos y rechaza a otros. Para Él sólo hay una raza, la de los hijos de Dios. Todos están llamados a la salvación, todos caben en su mansión de eterna felicidad. También los samaritanos, también los hombres que otros desprecian y olvidan.

Jerusalén sigue como el centro de la Iglesia. Allá están los Apóstoles velando por el rebaño de Dios, ese pueblo de creyentes que cada vez se hace más numeroso. Al oír lo ocurrido deciden ir a visitar a los nuevos hermanos para confirmarlos en la fe, para imponerles las manos, transmitiendo la fuerza del Espíritu Santo a través de esos ritos sacros que comienzan a perfilarse en la vida de la Iglesia.

Y allá van San Pedro y San Juan. Columnas de la Iglesia los llamará luego el Apóstol de los Gentiles. Cefas, Piedra, llamó Jesús a Simón, Roca sólida sobre la que descansaría inconmovible el edificio de la Iglesia. Paulatinamente, conforme van surgiendo las necesidades, se van fijando las normas que regularán la vida y la organización del Pueblo de Dios. Un derecho primitivo que se irá enriqueciendo con los siglos, unos canales justos y razonables por donde transcurra en paz el devenir de la Iglesia; unos cauces que garanticen la justicia y el amor mutuo; unos límites que hagan posible la libertad de todos los hijos de Dios y que eviten la anarquía y el confusionismo.

2.- OBRAS SON AMORES.- Si me amáis guardaréis mis mandamientos. Esta frase del Señor podría formularse también al revés y decir que el que guarda los mandamientos de la ley de Dios es quien le ama realmente. Esto es así porque obras son amores y no buenas razones. Afirmar que amamos a Dios y luego no cumplir con sus mandatos es un absurdo, algo que no tiene sentido, un contrasentido, una mentira. Lo enseña el Maestro en otra ocasión al decir que no el que dice "Señor, Señor" entrará en el reino de los cielos, sino aquel que cumple con la voluntad de Dios. Estemos, por tanto, muy alertas, pues resulta fácil que nuestra caridad se quede en palabras y promesas, sin pasar a la realidad de una entrega responsable y constante al querer divino.

Jesús nos promete en este pasaje evangélico que pedirá por nosotros al Padre, a fin de que nos envíe el Espíritu Santo y sea nuestro defensor para siempre. En Pentecostés se cumpliría plenamente la gran promesa de Cristo. Desde entonces el Espíritu de la Verdad está presente en la Iglesia, para asistirla e impulsarla, para hacer posible su pervivencia en medio de los avatares de la Historia. También está presente en el alma en gracia, llenándola con su luz y animándola con su fuego. Sí, el Espíritu sigue actuando, y si secundamos su acción en nosotros, será posible nuestra propia santificación.

No os dejaré desamparados, volveré. También estas son palabras textuales de Jesús en la última Cena, en aquella noche inolvidable de la Pascua. Hoy, después de tantos años, podemos comprobar que el Señor cumplió, y sigue cumpliendo, su palabra. Él está presente en medio de nosotros, nos perdona cuantas veces sean precisas, nos ayuda a olvidar nuestras penas, nos fortalece para no desalentarnos a pesar de los pesares. Nos favorece una y otra vez por medio de los sacramentos que la Iglesia administra con generosidad y constancia.

No estamos solos, aunque a veces así pueda parecerlo. Dios está muy cerca, a nuestro lado, dentro del alma. Es preciso recordarlo con frecuencia, descubrir su huella invisible en cuanto nos circunda, advertir sus mil detalles de cariño y desvelo. Y tratar de corresponder a su infinito amor, ya que el amor sólo con amor se paga.

4.- EL AMOR LO ILUMINA TODO

Por Javier Leoz

Cumplir los mínimos y quedarnos en ellos resulta fácil (aunque no siempre lo hagamos) porque entre otras cosas nos evitan mayores esfuerzos. Pero cuando nos proponemos metas más altas, cuando nos las ingeniamos para superarnos a nosotros mismos, el resultado entonces es de una doble satisfacción: hemos cumplido y, además, lo hemos hecho con sobresaliente.

1. Ya, el domingo pasado, Jesús nos decía que un camino, una verdad y una vida nos aguardaba y apostábamos fuerte por Él. Pero la pregunta es la siguiente: ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo entrar en ese camino? ¿Cómo defender esa verdad? ¿Cómo sostener esa vida?

El Evangelio de hoy nos da la clave: con la llave del amor. “Un mandamiento nuevo os doy” (Jn 13:34). ¿Sólo uno? ¡Sí! ¡Uno! Pero claro, con coletilla: “amando como yo os he amado” ¡Casi na!

2. Jesús nos ofrece el secreto para permanecer en su persona como camino. Avanzando por los senderos de nuestra existencia tendremos que mirar a un lado y a otro. Nada de lo que ocurra, especialmente si es con el color del dolor, nos podrá resultar indiferente. Ya el Papa Francisco nos lo recuerda insistentemente desde el inicio de su pontificado: “hay que salir a las periferias”. Malo será que por ir deprisa, por mirar hacia adelante, por pretender alturas y grandezas….dejemos de lado al Jesús que se encuentra al borde del camino.

3. Jesús, como verdad, nos exige huir de nuestras falsedades. El amor ilumina la verdad y, la verdad, hace más transparente el amor. El amor por lo tanto, si es como Dios manda, se convertirá en medidor de nuestra verdad. ¿Amas? ¿Te brindas a los demás? ¿Es el amor la verdad de tu día a día o, tal vez, algo extraordinario? Para que Jesús sea la verdad de nuestro corazón tendremos que cultivar en su interior la perla del afecto sin pausa y sin tregua, el cariño sin recompensa y sin más interés que el deber cumplido.

4. Jesús, como vida, nos alienta a vivir amando. Amar a los de cerca es fácil y difícil. Fácil porque, entre otras cosas, ponemos coto al amor. Pero la vida cristiana nos exige dar un segundo salto: hay que atrapar por amor incluso a los que se encuentran más lejos de nosotros.

Jesús, teniendo a un Judas a su mesa, lo amó y le entregó su cuerpo. ¡Dos veces lo tomó Judas! Una para comulgarlo en la mesa de Jueves Santo y, otra más, para venderlo por 30 monedas de plata. ¿Cuántas veces tomamos nosotros a Cristo? ¿Una, dos, tres, cuatro? Cada uno debiéramos de responder: amamos a Cristo vendiéndolo o, por el contrario, defendiéndolo con una vida noble, sensata y cristiana.

5.- ¿Qué diferencia hay entre el amor humano y el amor divino? Preguntaba un párroco a sus fieles. Y, una anciana, al finalizar la misa le respondió: “que el amor humano es limitado, sirve a quien quiere y pronto se agota; el amor divino no mira a quien se hace el bien y, cada vez que lo hace, tiene necesidad de seguir haciéndolo aunque no sea recompensado”. Dramas y vacíos, miserias y complejos.

Cerca de la Ascensión del Señor, y viendo la que se nos viene encima, el Señor nos va fortaleciendo con vitaminas que serán necesarias para ser fieles en aquello que decimos creer, esperar y vivir. Y es que, mientras estamos en este mundo, la vida cristiana es eso: un constante descubrir lo que Dios nos ofrece.

6.- POR TI, SEÑOR, LO HARÉ

Guardaré tus  mandamientos, porque al hacerlo así,

soy  consciente de que cuido lo más santo y noble

que Dios, en  tu comunión contigo, nos legó.

Amaré tus  mandamientos, porque al amarlos,

sabré que  amó lo que Tú, estando con nosotros,

amaste,  defendiste y llevaste en tu mente y corazón

Esperaré al  Espíritu Santo, porque en esa espera,

residirá la  fuerza que me auxiliará

en el duro  combate de mi vida y de mis luchas

Viviré, bajo  el soplo de tu Espíritu,

porque en la  carrera de mis días

siento que  no puedo llegar al final si, ese Espíritu,

lo dejo de  lado agarrándome a otros huracanes.



POR TI, SEÑOR, LO HARÉ

Miraré hacia  el cielo cada vez que me encuentre

en cruel  batalla con mi soledad

Buscaré  respuestas en tu Palabra

cuando el  discurso del mundo sea promesa hueca

Aceptaré tus  mandamientos,

porque al  aceptarlos, reverenciarlos y vivirlos

sé que se  encuentra el secreto para dar contigo

para amar al  Padre y vivir en el Espíritu

POR TI, Y PORQUE LO NECESITO, LO HARÉ SEÑOR

5.- AMAR A CRISTO

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Cristo ha tenido a lo largo de toda la historia un enorme atractivo para mucha gente. Y dicha atracción no era –no es— patrimonio solo de los cristianos. Pueden ser muy laudables opiniones como la de Gandhi. Y, asimismo, no es discutible que personas de espíritu abierto sientan esa admiración, aunque se quede solo en eso. Quien verdaderamente le ama es el que sigue sus mandamientos. Jesús no pretende adhesiones intelectuales, ni partidarios multidisciplinares, desea que se sigan sus enseñanzas para que se dé fruto en la obra que él ha iniciado.

2.- Pero, tal vez, no sea correcto poner en tela de juicio la importancia de la admiración por Jesús, aun admitiendo la necesidad de que el verdadero amor por El llegará de la aceptación jubilosa de sus mandamientos. Y lo decimos porque cualquier principio es bueno. La atracción de ese prodigioso hombre situado en la historia que se llamó Jesús de Nazaret engendrará sin duda el amor profundo hacia Jesús, el Señor, hacia la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Es posible que podamos quejarnos de una cierta trivialización por algunos de la figura de Jesús, pero durará poco: o abandonan dicha admiración o estarán postrados de amor en su regazo, escuchando sus enseñanzas como María de Betania. Eso, sin duda, puede ser así. Pero hoy nos interesa más la aceptación radical de Jesús, de su amor y de sus enseñanzas.

 "El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él". El ofrecimiento de Jesús es enorme. Nos va a amar el Padre y él se nos revelará". Suspiramos a veces por una mayor intensidad en la presencia del Señor. Todos nuestros actos deben estar formulados en presencia de Dios. Pero a veces, nuestra debilidad y tendencia al pecado empaña en nuestros ojos del corazón la imagen que tenemos de Él. Es obvio -ya nos lo dice Jesús- que no hemos guardado sus mandamientos y por ello él no puede revelarse a nosotros.

3.- Hay una continua sensación de debilidad en nuestro camino de discípulos de Cristo. Tenemos muchas puertas amplias por donde entrar y la que Él nos ofrece es estrecha. Y la realidad es que solos no podemos. En el inicio del texto de San Juan que leemos hoy anuncia ya el envío del Espíritu Santo. Estamos ya en la cercanía de la Ascensión y de Pentecostés. Cristo subirá al Padre y nos enviará al Espíritu Santo. La Palabra de Dios nos va preparando para la gran ocasión de Pentecostés. El Espíritu comienza a estas omnipresente y cercano. Y mejor así, porque lo necesitamos siempre a nuestro lado.

4.- La Iglesia se extiende. En Samaria, Felipe transmite la Palabra y la Fuerza de Dios. Los convertidos aumentan y hace falta que "suban" al viejo territorio "hereje", nada menos que Pedro y Juan para confirmar a los nuevos creyentes. La imposición de las manos otorga el Espíritu Santo. La Iglesia, en el sacramento de la Confirmación, continúa el rito iniciado por los Apóstoles. Felipe no es menor, en su fuerza, al trabajo de los Apóstoles. El, junto a Esteban, y a otros había sido elegido -como leíamos el domingo pasado- como diáconos para ayudar en el servicio de los fieles. Felipe, además, actúa de misionero.

5.- Ya Pedro en su carta observa la capacidad de calumniar y de endurecerse si no glorificamos en nuestros corazones a Jesús. Dice San Pedro: "...y estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere; pero con mansedumbre y respeto y en buena conciencia, para que en aquello mismo en que sois calumniados queden confundidos los que denigran vuestra buena conducta en Cristo". Es una excelente advertencia contra el fariseísmo o los excesos que producen aquellos que se creen en únicos poseedores de la verdad, pero incluso ante ellos solo cabe la mansedumbre y el respeto. Es la Cruz de Cristo quien nos dará la plenitud, pues si sufrió la Cabeza, como no van a aceptar el sufrimiento el resto de los miembros. Hay que mantener una atención muy precisa en todo lo que sea el trato con los hermanos y en él debe primar la mansedumbre, dejando la superioridad de un lado, que no es otra cosa que prueba de soberbia. También está presente el Espíritu en este texto. Es quien, estando en Jesús, le hizo volver a la vida. Merece que a lo largo de estos siguientes días vayamos abriendo nuestro corazón a la inmediata llegada del Espíritu. Es lo que nos aconsejan las Lecturas de este domingo.

LA HOMILIA MÁS JOVEN

ANUNCIO REITERADO

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Nos llamamos cristianos y el calificativo no es equivocado. Nuestra fe religiosa está centrada en Jesús de Nazaret, al que llamamos Cristo y reconocemos que es Hijo de Dios. Dicho esto hay que admitir que la Fe cristiana es más rica de lo que pudiera parecer. A la historia y enseñanzas del Señor, van íntimamente unidas otras verdades. Íntimamente unidas y no añadidas.

2.- El Señor Jesús, los textos litúrgicos de estos días no lo van recordando, confió a sus íntimos, que era preciso que a su amistad añadieran la acción del Espíritu que les iba a llegar, que Él mismo les enviaría. El Espíritu es la ilusión de Cristo hecha Persona. Si uno de vuestros amigos siente mucha ilusión por algo, mis queridos jóvenes lectores, os gustará tenerlo en cuenta. Le dejaréis que os cuente sus afanes, os acordaréis de ellas al preparar un regalo para él. Llegará un día en que os sentiréis integrados en sus búsquedas, en sus proyectos.

3.- La ilusión del Maestro es el Paráclito. Los discípulos lo comprendieron tarde, pero no lo olvidaron nunca. Santa María ya vivía desde su aceptación maternal esta riqueza. El día de Pentecostés, gozó con los asistentes. Se les había dado entonces, lo que le había permitido a Ella ser fiel a Dios toda la vida.

4.- El buen Felipe baja, irse de Jerusalén siempre es bajar, en el lenguaje bíblico y en el local, aunque sea desplazarse hacia el norte e ir a montañas. El diácono llega a Samaría. Habla a las multitudes, las entusiasma. Contagia sus ensueños, porque a las palabras acompaña el prodigio de su Amor, les ofrece generosamente su capacidad de curar, consecuencia del poder que les había dado el Señor. Simultanea verdad y bien, como debe ser siempre.

(Los políticos también hablan, prometen y aseguran. A la hora de la verdad, pocos son leales al mensaje que lanzaban cuando pretendían tener éxito en las elecciones).

5.- Los Apóstoles, llamémosles obispos, se enteran y, a diferencia de tantos dirigentes, no se enojan porque haya tomado la delantera un subordinado, un simple diácono. No le dicen ¿con qué permiso te atreves a hacer esto? Acuden a completar las enseñanzas dadas y que Felipe no les había trasmitido. Reconocen el bautismo administrado en el nombre del Señor, un bautismo, pues, de contenido minúsculo a simple vista. Habrían aceptado las enseñanzas más sencillas, la Pasión y Muerte redentora y la Resurrección de Jesús. Les faltaba la dimensión más espiritual y santificante, que era imprescindible. Sin ella hubieran progresado poco. Hoy diríamos, con cierta aproximación, que recibieron el sacramento de la Confirmación.

6.- La segunda lectura contiene una frase que no quiero olvidéis, mis queridos jóvenes lectores. Dice la carta de Pedro: estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo él os la pidiere. Muchos hoy en día se reservan para sí, las razones de su conducta. Dicen que no quieren exhibir su Fe. Ocultan su compromiso cristiano, sus entregas y sus ayudas. A nadie interesan, dicen. Pues no es este el consejo de la Escritura. Estoy pensando ahora en aquello de “brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”. (Mt 5, 16).

7.- A veces podéis pensar que para mejorar vuestra vida cristiana precisáis estudios. Ir a reuniones, cursillos, o seminarios de teología. No niego su utilidad. Pero el progreso fundamental, no es consecuencia de erudición en materia religiosa. Jesús lo dice y repite en el fragmento del evangelio que se proclama en la misa de hoy. “Le pediré al Padre que os dé otro defensor”. En las cátedras no lo encontraréis, viene a decir. Se trata de que venga y habite en vosotros el Espíritu de la Verdad. Impregnados de Él nos sentiremos unidos a Él con el Padre.

8.- Para conservar esta unión es preciso aceptar y cumplir los mandamientos dados a los antiguos que llamamos Ley del Sinaí, mejorados y renovados con las enseñanzas del Maestro, también recuerda. Obrando así recibiremos el Amor, le amaremos y se nos darán a conocer y experimentar los más sublimes misterios y esperanzas.